Leyendas de Morelia

Hacía varios años que no visitaba Morelia, por lo que era inevitable sentir extrañeza al bajar del camión aquella noche. Dentro del taxi que me llevaría al hotel, esa sensación de alejamiento se fue desvaneciendo. Conforme las calles aledañas a la terminal de autobuses quedaban atrás, me iba sintiendo bienvenido; en una tierra que creía conocer a fondo.

Morelia, MichoacánEl conductor era un hombre mayor, de bigote gris y semblante sereno. Las manos robustas y arrugadas  sujetaban  el volante con firmeza. Su plática resultó  ser amena y capturó mi atención. Me contó que había sido profesor de historia, que trabajó toda su vida en la Universidad Michoacana. Con el dinero que obtuvo al retirase compró un taxi y él mismo solía trabajarlo.

-Para entretenerme dijo sin dejar de mirar al frente-, además me gano unos centavitos... ¿Y usted qué anda haciendo por acá joven?

Mientras nos aproximábamos al centro de la ciudad los recuerdos me trasladaban a otros tiempos. Recorríamos las huellas que dejaron personajes trascendentales en la historia de la nación: intelectuales, políticos, religiosos, artistas, revolucionarios, cristeros, médicos, maestros, y criminales, revolviéndose entre la población. A estas horas no había personas caminando, sólo los autos que corrían por la avenida: solitarios viajeros anónimos.Iglesia de la Merced

El carro se detuvo en un semáforo sobre la Madero, justo frente a la iglesia de la Merced. El taxista se persignó y me volteó a ver de reojo esperando que hiciera lo mismo. Yo titubeaba y su expresión se tornó severa, como si fuese a regañarme. Entonces narró lo siguiente:

"Hace muchos años, allá por el siglo XIII, se acabó de construir este templo. Al lado estaba el monasterio de la orden de los mercedarios, quienes tenían a su cargo la parroquia. Desde entonces había una figura de  la Virgen de las Mercedes con el Santo Niño en sus brazos. El Niñito tenía una expresión que radiaba ternura y santidad, era tan bello, que en vez de ojos tenía unas piedras hermosas que brillaban intensamente" -el semáforo en verde interrumpió al chofer que metió primera y pisó el acelerador; conducía despacio, como si quisiera ganar tiempo para concluir su relato.

El Santo Niño Cieguito"Un día, en la época de la colonia -continuó-, cayó una tromba de esas que parece que el cielo se quiere tragar a la tierra, oscureció tanto que la tarde se fundió con la noche. Habrá sido por eso que cuando los curas cerraron las puertas del recinto, no se percataron de que había un ladrón escondido en el interior. La Virgencita se veía muy chula, engalanada con sus mejores atavíos porque estaba próxima la festividad de la Merced. El desalmado comenzó su hurto a las doce: le arrancó las joyas y las metió en un costal. Dicen que el Niñito Jesús estalló en llanto, por eso el malhechor optó por sacarle los ojos con una daga y la pobre criatura lloró más fuerte aún. En su desesperación, aquel sacrílego lo echó dentro del costal y huyó al cerro del Punhuato; ahí mutiló el cuerpecito y lo abandonó. Luego de ser rescatado, el niño Jesús fue llevado a unas monjas capuchinas para que lo restauraran. Así fue hecho, pero no se atrevieron a ponerle nada en aquellas cavidades vacías; apenas le simularon unos parpados para atenuar la amargura de su carita. Desde entonces, el Santo Niño Cieguito con su infinita misericordia le ha concedido milagros a mucha gente. A pesar de no tener ojos, ha sido la luz de los necesitados. Usted mismo debería hacerle una visita, créame que le hará bien. Ahí va a ver los regalos de los fieles agradecidos."

Llegamos a la entrada del hotel y el señor me ayudó a bajar la maleta. Nos despedimos de mano, me deseó una estancia agradable. Lo vi alejarse y sin entender el porqué, una congoja punzante invadió mi pecho. Sentí la soledad encajándose en mi alma como el filo en aquellos ojitos dulces.

Embrujo de la MercedAl poco rato, salí a una taberna cercana al Conservatorio para encontrarme con viejos amigos. Después de un par de cervezas nos despedimos, la media noche estaba cerca. La luna aclaraba Morelia, así que de decidí irme a pie; pensé que unas cuantas cuadras me servirían para despejar la mente y ganar sueño. Atravesé el jardín de las rosas y luego fui hacia la avenida. Llegué a la Madero y decidí doblar a la derecha con rumbo al occidente de la ciudad,  pretendía agarrar la calle Nigromante y bajar por ésta hacia el hotel; el recorrido valía la pena aunque me desviase. Parado en la esquina contraria a la iglesia de la Merced, me quedé viendo la construcción a detalle. La iluminación le daba un aura mágica, marcando las formas en que se tejían las piedras. Un viento suave me sacó del embrujo y seguí calle abajo.

Caminaba a un costado del santuario, rozando las rejas con la mano para distraer cualquier temor que pretendiera asaltarme. Mi sombra se alargaba como si quisiera huir de mis pasos y yo me sentía intranquilo. El miedo se instaló en mi mente, porque sabía que de aquel silencio podía escapar a algún ruido, cautivo de las viejas casonas que están a punto de desfallecer.

Encantos de MichoacánCuando el umbral del oratorio quedó a mis espaldas una nube cubrió la luna, dejándome bajo el escaso resguardo del alumbrado público. De pronto, un chillido me embistió por atrás: era un bebé que lloraba con intenso dolor y prolongados quejidos. El aire se hizo denso y mi piel se erizó. No sabía si era el hijo hambriento de un vecino, un gato en celo, mi imaginación o todo junto; de igual forma apresuré el paso sin voltear. En la esquina vi las luces de un coche acercarse, saqué las manos de los bolsillos deseando que fuera un taxi. No lo era y caminé aún más deprisa. Llegué a mi habitación exhausto y caí en un profundo sueño. Dormido bajo la negrura, me rodeaban unas figuras inanimadas, formas humanas inertes, con la cara petrificada y las extremidades tiesas, como si alguna vez hubieran tenido vida propia.

Callejones de MoreliaTemprano por la mañana, libre de aprensiones fantásticas, me eché a andar sobre las mismas calles de la noche anterior, pasajes que de día no perdieron un ápice de encanto o misticismo. Desayuné un café en  la Plaza de las Rosas, pensaba en el viejo taxista cuya narración seguía gravitando en mi interior. El resto del día caminé por las callejuelas de Morelia, siguiendo el entramado de cantera; me paseaba junto a la gente cuyos ecos retumbaban de día como las voces de los muertos lo harían de noche. Apenas oscureció y yo ya estaba bajo el tibio cobijo de mi cuarto, acostado, con la lámpara encendida sobre el buró, dispuesta así a espantar posibles pesadillas.